| Compendio Histórico del Ecuador |
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Los ecuatorianos de hoy provienen de dos aportes raciales y culturales básicos: los indios que habitan en estos territorios desde hace miles de años y los españoles que llegan a partir del siglo XVI. A ellos se suma la importante contribución de los negros procedentes de diversas regiones de África, que llegan junto con los europeos, y otros grupos humanos menores en número que van llegando, especialmente durante los dos últimos siglos, de otros países de Europa, del Mediterráneo oriental, y de otras regiones del mundo. De acuerdo a las evidencias arqueológicas el ser humano habita el territorio del actual Ecuador desde hace unos trece mil años. Muy posiblemente viene del norte, siguiendo una línea general de migraciones que iba de Alaska y América del Norte, a la Tierra del Fuego. Es también posible que haya llegado antes, incluso decenas de miles de años antes. Aun con esa cronología conservadora, la Época de las Sociedades Originarias tiene una duración aproximada de 12.500 años, lo que quiere decir que durante más del 96 por ciento de su historia el actual territorio del Ecuador está habitado exclusivamente por indios. La población primitiva de estas regiones consiste en pequeños grupos nómadas de caza y recolectores, que no pueden residir en el mismo lugar por mucho tiempo debido a la movilidad de las presas que cazan y a la estacionalidad de sus alimentos vegetales. Entre 2500 aC y 500 aC, en la Costa aparecen algunas aldeas cercanas al mar, lo cual fue posible gracias a que la pesca y recolección de moluscos de manglar y playa, permite complementar substancialmente la cacería y recolección de plantas. La revolución neolítica, concepto que enfatiza cómo la domesticación de plantas y animales transforma la economía de un sistema de recolección a otro de producción, cambia todo lo demás: el sistema de trabajo, el tamaño y la organización de las sociedades, sustituye el nomadismo por el sedentarismo, y en general da origen a la civilización. En el ámbito de lo sociopolítico, entre 500 a.C - 500 d.C. se forman sociedades más estratificadas que se organizan en cacicazgos iniciales, usualmente alrededor de un eje religioso. La divinidad se identifica con animales míticos de rasgos fuertemente estereotipados felinos, caimanes, águilas, serpientes- y demanda un culto que contribuye a generar una ideología común, en la cual se basa un sentido de identidad y una estructura social más compleja. Entre 500 dC-1500 d.C., los cambios que señalan el advenimiento del período de Integración no son revolucionarios sino que, por el contrario, constituyen una evolución de realidades anteriores. En ambos casos, el aparecimiento de una nueva cultura en una zona determinada, puede haberse debido a interrupciones en el desarrollo normal de las actividades humanas, causadas por fenómenos como erupciones volcánicas o cambios climáticos que a veces pueden haber tenido características catastróficas, no deben llevarnos a suponer que las diferentes culturas fueron independientes unas de otras, ni a desestimar una básica línea evolutiva que las vincula y en la cual las permanencias son tan o más importantes que los cambios y transformaciones. El período inca en el actual Ecuador apenas dura unas seis décadas. Pero esta visión sería demasiado superficial, en realidad, hay que considerar que la civilización de los incas es la culminación de una larga historia que comienza con las primeras culturas andinas y se prolonga hasta mucho después de la conquista castellana. La cultura inca, quizá a la manera de la romana en el mundo mediterráneo, es un mosaico que combina los aportes de diversos pueblos y sobrevive por largo tiempo. La conquista es siempre un proceso paulatino e inacabado. Incluso tres siglos después, al finalizar la época hispánica, la presencia española en grandes zonas del Ecuador actual es escasa o nula. No se ha apagado todavía el estruendo de las últimas batallas, cuando el Estado español comienza la delicada tarea de afianzar su dominio sobre estos territorios, de conquistar a los conquistadores, la conquista administrativa, realizada a través de tres instituciones clave: el cabildo, el obispado y la audiencia. Adicionalmente, es necesario reglamentar las relaciones de los conquistadores con los conquistados, lo cual produce el conflicto en torno a las encomiendas. En conjunto, ambos temas dominan el lapso que va entre las guerras civiles de los conquistadores y la insurrección de las alcabalas (1537-1593) y contribuyen a definir la naturaleza de la sociedad colonial. En el S. XVI el Estado y la Iglesia católica están íntimamente unidos a través del Patronato, la creación de los obispados son parte de la administración imperial y el de Quito se crea mediante bula del 8 de enero de 1545. La diócesis quiteña encierra todo el territorio continental del Ecuador actual, más extensos territorios del norte del Perú y el sur de Colombia, en este último caso, incluyendo Pasto. La personalidad propia, histórica y geográfica, de estos territorios es reconocida por la Corona española cuando Felipe II crea la Real Audiencia de Quito, el 29 de agosto de 1563. En el sigo XVII se fundan escuelas y colegios en las principales ciudades del reino y en la de Quito se establecen tres universidades: la de San Fulgencio, de los Agustinos, en 1603; San Gregorio, de los jesuitas, en 1622, y Santo Tomás de Aquino, de los dominicos, en 1688, todas ellas dotadas de notables bibliotecas, que gozan de merecida fama. Todos esos templos, conventos, así como los edificios públicos y privados, están llenos de esculturas y pinturas de tema religioso que en conjunto forman la escuela quiteña, de ganada notoriedad en toda Hispanoamérica. Si el siglo XVII es la época de oro de la Real Audiencia de Quito, el XVIII se caracteriza por los cambios y reajustes internos y externos, el surgimiento de intereses regionales cada vez más definidos y la relativa decadencia de las regiones más pobladas de la presidencia. En la Sierra central, el siglo XVIII trae la consolidación de la gran propiedad territorial y el surgimiento de la hacienda, con detrimento de la propiedad indígena, normalmente comunal. La hacienda en la Sierra, y la plantación en la Costa, se convierten en ejes de la vida económica. Incluso los obrajes que sobreviven lo hacen a la sombra de las grandes haciendas. A lo dicho hay que sumar los cambios introducidos en el comercio ultramarino. En 1740 se elimina el viejo sistema de flotas y se abre el comercio alrededor del Cabo de Hornos, con lo cual Panamá deja de ser la puerta sudamericana a Europa y desaparece el comercio desde allí hasta Perú y Chile, que pasa por las costas quiteñas. Así la Audiencia de Quito queda cada vez más aislada. El proceso de la Independencia del Ecuador se da en dos etapas: la Revolución Quiteña (1809-1812) en que las élites de la ciudad de Quito proponen un proyecto económico-político, que no puede llevarse a la práctica, y la del triunfo de la Independencia (1820-1822) en la cual adquieren cada vez más peso los proyectos americanos, pero no específicamente ecuatorianos, representados por Simón Bolívar y José de San Martín, con cuyo concurso se logró la victoria. Entre las dos hay una reacción realista que dura ocho años (1812-1820) y después el período grancolombiano, un intento fallido de organizar la vida independiente con un Estado que es heredero del virreinato antes que de las audiencias, que dura otros ocho (1822-1830). La propuesta de independencia que plantean sus élites quiere eliminar la pesada tutela de Bogotá, por lo cual propone una independencia basada en las audiencias, no en los virreinatos. Desde el punto de vista de Popayán, Cuenca y Guayaquil, el tema es aún más espinoso, porque esas regiones no sólo resienten el centralismo bogotano, sino también el quiteño. Es preciso definir cuál era el territorio del nuevo Estado, asunto que obsesiona a los ecuatorianos hasta fines del siglo XX. Lo más obvio, por cierto, hubiera sido que el Ecuador conserve los territorios que fueron de la Real Audiencia de Quito, incluyendo las Gobernaciones de Popayán, al norte, y de Maynas, al sur oriente. La Independencia no logra la integración geográfica y económica del Ecuador. En el orden ideológico se crean, ciertos mitos y héroes nacionales más o menos compartidos por todos, pero al mismo tiempo se exacerba la desarticulación entre las tres regiones (Sierra Centro Norte, Sierra Sur y Costa Centro Sur) que finalmente conforman el Ecuador, una vez que la antigua Gobernación de Popayán, inclusive Pasto, se integran definitivamente a Colombia. En cada una de esas regiones, sus capitales (Quito, Cuenca y Guayaquil, respectivamente) intentan fortalecer sus propios centralismos, frente a los afanes descentralizadoras de las ciudades menores. Junto a esas tres regiones siguen existiendo extensas zonas del territorio ecuatoriano muy tenuemente vinculadas a la vida nacional: las islas Galápagos (incorporadas formalmente al Ecuador en 1832), la Costa Norte (Esmeraldas y el norte de Manabí) y prácticamente todo el Oriente. Así, el Ecuador, nace a la vida independiente en medio de un real vacío de poder, ya que la monarquía había perdido su legitimidad y la democracia no la puede adquirir. Tal vacío es llenado por la antigua oligarquía colonial, la única clase social que está en posibilidad de llenarlo. El poder real queda en manos de tres grupos relacionados entre sí: los terratenientes y comerciantes, los líderes militares y el clero católico. La cultura decimonónica, que en general mantiene una fuerte herencia colonial en las artes plásticas, en lo religioso e incluso en lo popular, experimenta importantes transformaciones en lo literario. La literatura colonial se ha subordinado tanto al pensamiento y a las formas metropolitanas que pierde relevancia y de hecho es ilegible para el público moderno no especializado. De ese duro juicio se salvan los primitivos cronistas de Indias, los escritores de finales del siglo XVIII, jesuitas del extrañamiento, Juan de Velasco, y hasta cierto punto Eugenio Espejo y José Mejía Lequerica, y en el medio Juan Bautista Aguirre y muy pocos escritores más. El siglo XX es el de la tecnología y la vida de los seres humanos se transforma debido a los cambios impensables hace unas pocas generaciones. Esta observación es válida para todo el mundo y el caso ecuatoriano o latinoamericano ofrece solo matices más o menos propios. El primer mundo va produciendo las nuevas tecnologías, sus sociedades tienen mejores oportunidades de adaptarlas a sus necesidades, o de irse adaptando a las nuevas realidades que la tecnología trae consigo. En el tercer mundo, la tecnología es por lo general importada y origina mayores desajustes. Latinoamérica es, por lo general, más permeable a la revolución técnica occidental y se ha transformado más rápida y profundamente que África. El Ecuador, que desde hace décadas ha sido consciente y se ha sentido orgulloso de su biodiversidad, parece estar aprendiendo a reconocer y aceptar su pluralidad étnica, cultural y regional. Cabe la esperanza de que vaya hacia el aprecio de esas realidades como factores de auténtica riqueza y hacia la construcción de la unidad de lo diverso. En 1998, el Ecuador y el Perú suscriben un acuerdo de paz que les permite delimitar la frontera común y superar un viejo y amargo problema. En conjunto, al comenzar el siglo XXI, parece que los modelos vigentes están en crisis pero aún con un espacio libre para la esperanza. Autor: Dr. Carlos Landázuri Camacho. Más información sobre el tema haga un "click" en el enlace inferior. |