Los actuales ecuatorianos provienen de dos aportes raciales y culturales básicos: los indios que habitan en estos territorios desde hace miles de años y los españoles que llegan a partir del siglo XVI. A ellos se suma la importante contribución de los negros procedentes de diversas regiones de África, que vienen junto con los europeos, y otras de grupos humanos menores en número que van llegando, especialmente durante los dos últimos siglos, de otros países de Europa, del Mediterráneo oriental, y, en fin, de otras regiones del mundo.

De acuerdo a las evidencias arqueológicas el ser humano habita el territorio del actual Ecuador desde hace unos trece mil años. Muy posiblemente viene del norte, siguiendo una línea general de migraciones que va de Alaska y el este de Norteamérica  a la Tierra del Fuego. No se descarta que llegue, incluso hace decenas de miles de años. Aun con esa cronología conservadora, la Época Aborigen tiene una duración aproximada de 12.500 años; así durante más del 96 por ciento de su historia el actual territorio del Ecuador está habitado exclusivamente por indios.

La conquista es un proceso paulatino e inacabado. Incluso tres siglos después, al finalizar la época hispánica, la presencia española en grandes zonas del Ecuador actual es escasa o nula. No se ha apagado el estruendo de las últimas batallas, cuando el Estado español comienza la delicada tarea de afianzar su dominio sobre estos territorios, vale decir, de conquistar a los conquistadores. Esa tarea es lo que aquí llamamos “la conquista administrativa”, que se realiza a través de tres instituciones clave: el cabildo, el obispado y la audiencia. Adicionalmente, es también necesario reglamentar las relaciones de los conquistadores con los conquistados, lo cual produce el conflicto en torno a las encomiendas. En conjunto, ambos temas dominan el lapso que va entre las guerras civiles de los conquistadores y la insurrección de las alcabalas (1537-1593) y contribuyen a definir la naturaleza de la sociedad colonial.

El proceso de la Independencia del Ecuador se da en dos etapas: la “Revolución Quiteña” (1809-1812) en que las élites de la ciudad de Quito proponen un proyecto económico-político, que no puede llevarse a la práctica, y la del triunfo de la Independencia (1820-1822) en la cual van adquiriendo cada vez más peso los proyectos americanos, pero no específicamente ecuatorianos, representados por Simón Bolívar y José de San Martín, con cuyo concurso se logró la victoria. Entre las dos hay una reacción realista que dura ocho años (1812-1820) y después el período grancolombiano, intento fallido de organizar la vida independiente con un Estado que es heredero del virreinato antes que de las audiencias, que dura otros ocho (1822-1830).

La Independencia tampoco logra la integración geográfica y económica del Ecuador. En el orden ideológico se crean, es cierto, ciertos mitos y héroes nacionales más o menos compartidos por todos, pero al mismo tiempo se exacerba la desarticulación entre las tres regiones (Sierra Centro Norte, Sierra Sur y Costa Centro Sur) que finalmente conforman el Ecuador, una vez que la antigua Gobernación de Popayán, inclusive Pasto, se integra definitivamente a Colombia. En cada una de esas regiones, sus capitales (Quito, Cuenca y Guayaquil, respectivamente) se intenta fortalecer sus propios centralismos, frente a los afanes descentralizadoras de las ciudades menores. Junto a esas tres regiones siguen existiendo extensas zonas del territorio ecuatoriano muy tenuemente vinculadas a la vida nacional: las islas Galápagos (incorporadas formalmente al Ecuador en 1832), la Costa Norte (Esmeraldas y el norte de Manabí) y prácticamente todo el Oriente.

La cultura decimonónica, mantiene una fuerte herencia colonial en las artes plásticas, en lo religioso e incluso en lo popular, experimenta importantes transformaciones en lo literario. La literatura colonial se subordina tanto al pensamiento y a las formas metropolitanas que pierde relevancia y de hecho es ilegible para el público moderno no especializado. De ese duro juicio se salvan los primitivos cronistas de Indias, los escritores de finales del siglo XVIII, como los jesuitas del extrañamiento, Juan de Velasco, y hasta cierto punto Eugenio Espejo y José Mejía Lequerica, y en el medio Juan Bautista Aguirre y muy pocos escritores más.

El siglo XX es el de la tecnología y la vida de los seres humanos se transforma debido a  cambios  impensables hace unas pocas generaciones. Esa observación es válida para todo el mundo y el caso ecuatoriano o latinoamericano ofrece solo matices más o menos propios. El primer mundo va produciendo  nuevas tecnologías, sus sociedades tienen mejores oportunidades de adaptarlas a sus necesidades, o de irse adecuando a las nuevas realidades que la tecnología trae consigo. En el tercer mundo, en cambio, la tecnología es por lo general importada y origina mayores desajustes. Latinoamérica ha sido, por lo general, más permeable a la revolución técnica occidental y se ha transformado más rápida y profundamente que África,  como ejemplo.
 
La economía ecuatoriana crece notablemente durante el siglo XX, aunque con frecuencia atraviesa períodos de recesión y crisis. Durante las primeras décadas del siglo, el producto principal de exportación es el cacao; luego, a partir de la década de 1950, el banano, fruta de la cual el Ecuador llegó a ser el primer exportador mundial; por fin, desde 1972, el petróleo produce un salto en los volúmenes de divisas que ingresan por las exportaciones, lo mismo que en el nivel de los presupuestos estatales. El Ecuador, que desde hace décadas ha sido consciente y se ha sentido orgulloso de su biodiversidad, parece estar aprendiendo a reconocer y aceptar su pluralidad étnica, cultural y regional. En 1998, el Ecuador y el Perú suscriben un acuerdo de paz que les permite delimitar la frontera común y superar un viejo y amargo problema. En conjunto, al comenzar el siglo XXI, parece que los modelos vigentes están en crisis pero que todavía queda espacio para la esperanza.